El hombre se dirige hacia la cocina y abre el cajón para buscar un Te de Tilo mientras deja el agua hirviendo. Coloca el saquito dentro de la taza y vuelve a la computadora a terminar de escribir lo que empezó hace 17 años.
Es una noche como cualquier otra. Al fin y al cabo todas son iguales, a diferencia de la luna que cambia de posición con los meses y alguna que otra estrella que se esconde detrás de las nubes y amenazan con mojar la cuidad de lagrimas. Sin embargo, después de tantos años algo va a surgir dentro de él. Sus ideas ya no son las de antes pero por más que trate de volver nada va a cambiar, su forma de pensar y la delicadeza con la que elegía cada palabra que embellecía aun más, aquello que ya era inmejorablemente perfecto.
Se pasó horas frente al monitor tratando de plasmar por lo menos algún sentimiento que no careciera de tristeza y dolor para poder, al menos, lograr sentir el suspiro de la poesía detrás de su cuello y así, poder descansar en paz. Pero la desesperación por encontrar los vocablos que jamás nadie encuentra lo llevo a la desilusión permanente, abandonando cualquier intento por proseguir su relato.
El hombre se levanta de la silla giratoria en la cual reposa su cuerpo cada vez que le surge alguna idea nueva y vuelve a la cocina para servirse el te. Lo deja enfriar algunos minutos y espera para llevárselo a la habitación. Ahí de nuevo sumergido en el auge de casi toda su vida, donde cada vez le cuesta más pasar el tiempo, aunque su comportamiento paradójico (que a esta altura de sus años ya es normal) lo obligaba una vez más a discernir entre su mente y su cuerpo, sus palabras y su instinto, sus emociones y sus acciones. Su obra no había sido mas que una compleja paradoja, la cual abarcaba un sin fin de situaciones confusas que se encontraban en el medio de su dilema existencial. Tratando de explicarlo todo sin decir nada fue como el hombre pasó toda la noche despierto, con su taza de te (ya vacía) al costado de su escritorio, la calefacción encendida y todas las luces apagadas, como si la única luz que provenía del monitor le ayudara a profundizar una a una las palabras que el mismo escribía.
Se aseguró de releer lo que había escrito varias veces para que no se interpretara algo que no se quería decir. Ahora estaba pensando coherentemente. Luego giro su cabeza hacia atrás para ver la ventana que daba al patio y comprendió que su enemigo diurno amenazaba con asesinar a su musa nocturna, vio la hora y decidió concluir el desengaño que lo mantuvo en velo durante tantas noches húmedas. Podía ser el comienzo de algo distinto, o quizá una nueva decepción. Lo cierto es que el hombre descansó en paz.
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