domingo, 2 de julio de 2006

Vientos con sabor a melancolia

La fragilidad del destino nos puso barreras en un mismo camino y unió, bajo una noche de llantos, las calles por las que transitábamos. Nos encontró desesperados y aturdidos por el aire de la sociedad que asfixia nuestros corazones. Sin saber hacia donde ir, ciegos como un mar de hojas en medio del desierto, descubrimos la amistad que hoy es el placebo que nos mantiene vivos.
Casi sin darme cuenta aprendí a quererte más allá de todo, a sentir lo mismo que vos, a sanar y sufrir por cada herida que sangra sobre tu cuerpo. Aprendí que la soledad se cura con una sonrisa y que no necesito demasiadas cosas para estar bien.
Hoy se que las rosas al fin son rojas, las campanas parecen sonar mas alegres que ayer y las noches ya no son tan oscuras. Y si un día se me ocurre regalarte una mañana, quisiera verte correr sobre la montaña, juntando flores de primavera, sin caricia de lágrimas y una estrella que brille a lo lejos, ilumine tu pelo y refleje, en el río, tu sonrisa. Sobre el tibio y calido amanecer de un nuevo día cerca de vos.

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